sábado, 3 de mayo de 2008

ÁGATA

Imagina la más hermosa tarde de primavera, el atardecer más perfecto, el sol cayendo luego de un día resplandeciente, el agua cristalina brotando de todos los manantiales, los pájaros entonando melodías y las nubes ausentes e impotentes ante tanta belleza.

En esta tarde de viernes en el bosque se respiraba fantasía, los árboles con sus frondosas hojas daban la bienvenida a Ágata, la más extraña de las hadas, quien entraría allí con una misión. Renunciaba a ser una más de las doncellas que esperan en sus castillos a ser rescatadas por los caballeros más valientes y en los caballos más hermosos para emprender la búsqueda del tesoro más valioso y extraordinario. Un sendero estrecho y oscuro la conducía hacia el interior del bosque, había muros altos y húmedos que delimitaban el camino y eran lo único que se observaba, hacía frío, el hada caminaba cada vez más de prisa llena de ansiedad por llegar a la entrada. Luego de correr varias horas y con el pulso casi a reventar observó una luz, aceleró el paso y por fin salió al corazón del bosque.

Una pantera de piel de terciopelo fue el primer animal que se topó en el camino, inspiraba poder, era hermosa, prepotente, y misteriosa. Se desplazaba con suavidad y fuerza, parecía ser sutilmente traicionera, ella era poseedora del mapa que señalaba la ruta segura hacia la tierra soñada, el encanto de sus ojos seducían a la mayoría de los viajeros, en ellos se reflejaba el tesoro, ofrecía una ruta segura pero siempre pedía algo a cambio, había obtenido el cuerpo de un dragón, las patas de una cabra, la cola de una serpiente, la espada de un guerrero, las manos de un hombre y ahora deseaba unas alas, las de Ágata eran pequeñas pero hermosas y llenas de brillo, este animal se convirtió en una quimera y mostró a Ágata “el tesoro”, nunca antes había visto tanto oro, criaturas hermosas lo rodeaban, parecían felices y plenas, la pantera le ofreció ese mundo sólo para ella en menos de un instante y para siempre a cambio de sus alas –sin mi ayuda nadie lo ha logrado- fueron las palabras de esta quimera, sin embargo y aunque muchas criaturas del bosque la seguirían, Ágata jamás renunciaría a volar, construiría su propio camino a medida que se sumergiera entre los árboles.



Su ruta era un sendero paralelo al tradicional, estaba lleno de laberintos, castillos encantados, magos y brujas, así como mariposas y colibríes. A medida que caminaba, se alejaba cada vez más de la pantera así como de los otros viajeros, ninguno entendía lo que el hada buscaba y menos su importancia. Un hermoso cisne se transformó en un avestruz cuando Ágata se disponía a preguntarle acerca del camino. Había otras hadas alrededor de los lagos y en los jardines, pero ninguna parecía interesada en avanzar por una ruta tan peligrosa. Elena tenía las más hermosas alas que jamás había visto, eran grandes, de todos los colores y daban visos brillantes con la luz, pero nunca le interesó volar lejos de allí, se dedicaba día y noche solo a cuidarlas. Jazmín olvidó su misión y vivía divagando en cada jardín, mientras algunas esperaban un mago que compartiera su magia.

Una mañana Ágata se bañaba en un río tranquilo y solitario, sintió chocar con varias hojas secas que servían de embarcación a Falacia, un hada que vivía cerca de allí. Falacia tendió su mano y pidió a Ágata que saliera del agua, era peligroso nadar allí, el amo de los lagos se podría enojar y mandar a todos las serpientes a atacarlas en cualquier momento.

A partir de aquel día, ambas hadas se convirtieron en las mejores amigas, Ágata se refugió en el jardín contiguo al río, jugaban con las flores, cantaban, practicaban coreografías de vuelo, compartían sus sueños. Falacia también buscaba un tesoro, talvez era el mismo, si unían sus fuerzas seguro lo conseguirían.

Un día Ágata voló un poco más alto y Falacia la jaló a tierra. Sucedió una y otra vez, hasta que logró rasgar sus alas, no soportaba la idea de no alcanzar su altura. En la madrugada y con los ojos llenos de lágrimas Ágata voló sobre un picaflor y salió de aquel lugar, descubrió una nueva ruta, siguió las mariposas, estudió su trayectoria de vuelo así como el milagro que había detrás de cada aleteo, deseaba contagiarse de su alegría y conceder todos los deseos a quien mirara sus alas en movimiento, pero Ágata no lograba volar, sus alas estaban muy lastimadas por lo que fue necesario abandonar las mariposas para seguir por tierra. A medida que caminaba, sus piernas se hacían más firmes y en su corazón crecía la esperanza.
Un gran río se impuso y una tormenta caía con toda su furia. De repente apareció un joven que vivía en una cabaña cercana y le ofreció refugio, Ágata agradeció su amabilidad pero deseaba cruzar, la labor de él era proteger a los corderos al traspasar el río y aún en medio de la tormenta la condujo al otro lado. Había algo especial en el joven de la balsa, la pasión brotaba por sus ojos y por cada poro de su piel que acariciaba al hada suavemente para protegerla del frío. Tuvieron una conexión tan increíble que permanecieron juntos en los alrededores del río, se alimentaban uno de la energía del otro, se propusieron llenar el bosque de melodías, algo inmenso nació entre ellos, se amaban entre los árboles, de noche miraban las estrellas, volaban hacia ellas y convertían la luna en cómplice de su amor, se bañaban juntos en el río, jugaban con el agua, con los conejos y las ardillas, cabalgaban hacia paisajes nuevos y exóticos, nadie pudo evitar que vivieran este sueño que para ellos era real como cada gota de lluvia, como el viento, como cada árbol y cada estrella fugaz.

Por más que se escondieron del tiempo, estuvieron juntos sólo hasta que el camino los separó. Un águila estaba dispuesta a guiarla en parte del camino, era la esperanza de llegar a su destino, mientras aquel joven ya no tenía corderos que debía conducir al otro lado del río, partía rumbo hacia un castillo encantado.

Muchas lágrimas brotaron por los ojos de Ágata y aunque el destino se impuso al amor, nada impidió que vivieran una noche para los dos, lejos del mundo real, una fantasía que marcaría los corazones de ambos para siempre.

El nuevo camino conducía a un lugar completamente diferente, era una ruta más larga y misteriosa, ya no era una pradera sino una montaña con muchos escalones en distintas direcciones. Todos los magos tenían su ruta, así como los leones, los tigres, las serpientes y los lagartos, pero Ágata caminaba sola por un camino sin escalones construidos, en varias ocasiones resbaló pero siempre se levantaba más fuerte, recordaba el tesoro y no le importaba que nadie lo comprendiera porque ella sabía que algún día lo encontraría.

Una noche mientras dormía en un pequeño refugio que ella misma construyó, un dragón naranja grande e imponente apareció ante sus ojos, Ágata no sintió miedo, por el contrario su presencia producía bienestar y alegría, ella escuchó atentamente sus palabras, el dragón prometió una recompensa cada que el hada alcanzara una fracción del camino y le entregó un mapa que la conduciría al tesoro. El guardián del tesoro, como se hizo llamar, desapareció con el amanecer.

El hada caminó más rápido esta vez, observó el mapa y notó que la cima de esta primera montaña le esperaba.

Al subir la montaña tuvo una llanura larga, tranquila y fresca ante sus ojos, cubierta de pequeña grama suave y verde con margaritas blancas, con un árbol grande e imponente que se levantaba en el centro con sus viejas y fuertes raíces, así como sus frondosas hojas que parecían ofrecer abrigo. Descansó algunos días bajo la sombra de este árbol, él le aconsejaba seguir el mapa sin importar lo difícil que pareciera el camino, hablaba en medio de la tranquilidad y una sabiduría que solo concede el tiempo, -tomar atajos puede parecer más fácil pero te perderás parte del tesoro o talvez todo-susurraba con el viento.

Ágata recobró fuerzas para el descenso, encontró un camino a través de una cueva subterránea detrás del árbol y con gran asombro descubrió que existían habitantes en este lugar, se escuchaba música, risas y voces allí abajo, se trataba de pequeños duendes, estaban en una fiesta. Uno tocaba la gaita, otro el tambor, otro la guitarra, mientras el resto cantaban, bailaban y se divertían. Se asustaron por la presencia de Ágata, pero en pocos minutos le pidieron que se uniera a la fiesta y que se quedara allí el tiempo que quisiera. Los días pasaron y estos duendecitos se convirtieron en sus nuevos amigos, eran músicos, traviesos, bohemios y románticos. Ximen, Leo y Gorgame hicieron al hada partícipe de las serenatas que daban bajo la tierra, detrás de cada gran árbol, en cuanto refugio encontraban.

Un día un caballo blanco que se acercaba a la llanura trajo consigo un joven caballero. Estaba de paso por aquella cima y al igual que Ágata él también se marcharía pronto, tenía una mirada profunda así como los mismos grandes e inconfundibles ojos negros, se trataba de aquel joven de la balsa.

Ambos se miraron fijamente y se reconocieron al instante, se enamoraron de nuevo o quizá simplemente nunca se habían dejado de amar, crearon fantasías en sus mentes cada que se veían, volaron y vibraron de felicidad cuando juntos construyeron una pequeña cabaña sobre el gran árbol sólo para los dos. Era su secreto, acudían a las fiestas en los refugios, cantaban y bailaban en medio de la llanura y cuando los demás duendes estaban presentes bastaba con una mirada, crearon un código compuesto por canciones y cartas que alimentaban día a día su amor, nadie en ningún reino encendería tanto fuego. Sin embargo era hora de partir, cada uno tomaría su camino. Esta vez no hubo tristezas, porque no hubo despedida, en el bosque tendrían siempre su lugar, eran privilegiados al poder amarse de esa forma, eran tan grandes y poderosos como su amor, se sentían felices, ni todo el tiempo del mundo les podía arrebatar esos instantes de locura.


El próximo pico se veía más alto, empinado y tenebroso, antes de subirlo era necesario descender y atravesar una especie de aldea habitada por varios grupos, cada uno con criaturas de la misma especie.

En el camino Ágata cayó en un pozo hondo, oscuro y pegajoso, por un momento sintió perder la fe, estuvo sumergida allí por varios días hasta que una noche observó las estrellas, sintió que nada le impediría alcanzar su altura y recordó su razón de ser, sus sueños, su misión, su tesoro. Se quitó su ropa y tejió una especie de lazo mientras deshilachaba su vestido dorado. Cuando este fue lo suficientemente largo lo lanzó hacia una piedra puntiaguda ubicada en la superficie.
A medida que subía, el pozo parecía ser cada vez más alto, mientras sus alas estaban inmóviles por falta de espacio. Al salir de allí vio su cuerpo desnudo y lastimado y sintió vergüenza a pesar de encontrarse sola en aquel lugar rodeada solo de un cultivo de algodón del blanco más puro que se pudiera imaginar.

Antes de continuar, el hada recolectó algodón y creó su nuevo vestido, era lo suficientemente cómodo y flexible como para soportar el viaje, además de un abrigo que cubriera sus alas en las noches frías, poco a poco se habían ido sanando.

Ágata continuó su camino con el cuerpo adolorido y sus alas casi listas para volar otra vez. En la parte baja de la montaña encontró divisiones de manadas, toda clase de criaturas, lagartos, serpientes venenosas, bestias enormes, sapos y renacuajos, monos egocéntricos, hormigas que no paraban de trabajar, gallinas que no salían de los corrales y avestruces que no sacaban la cabeza de la tierra.

Ágata se llenó de angustia y desesperanza, esperaba encontrar por lo menos un unicornio que la condujera al reino de las hadas, temía quedar atrapada allí abajo, ser devorada por una de esas bestias o picada por una serpiente y morir en la oscuridad como una de ellas. La pantera apareció justo frente a sus ojos y le ofreció una cereza, cuando quisiera llegar al reino de las hadas simplemente tendría que comerla pero sus alas desaparecerían, el hada observó el mapa, el camino era complejo pero ella no dudó un solo segundo y tiró la cereza a pesar de tener hambre.

Para subir debería pasar por cada uno de estos grupos y así fue, se acercó a ellos, trató de entenderlos, ganarse su confianza y adaptarse a su estilo de vida por el tiempo que permanecería, no fue fácil porque se sentía impotente y triste al ver sus vidas monótonas, carentes de magia, de luz e inmersas en una rutina agotadora e inútil. Nada podía hacer para cambiarlo, el hada siempre tuvo claro que este no era su lugar, pero aún así, una noche fue tentada por la curiosidad, y entró en una caverna húmeda, oscura y bastante fría, a pesar de las advertencias de aquel árbol de no desviarse del camino. Allí adentro había varios lagartos, uno en particular llamó su atención, admiraba su reflejo en una laguna, mientras veía una serpiente y se comportaba como tal. Ella no sintió miedo en ningún momento, al fin y al cabo no era más que un lagarto llamativo, presuntuoso y prepotente, sin embargo, se acercó y quiso ser su amiga, pero al tratar de hablarle aquel animal sacó su lengua e infectó a Ágata con su veneno, ella se sintió débil pero logró escapar de allí, afortunadamente el lagarto jamás salía, probablemente no soportaba la luz, por lo que Ágata estuvo a salvo. Sólo en las hadas ese veneno no producía la muerte.

El hada abrió sus ojos sin saber exactamente cuanto tiempo estuvo inconsciente, su mundo había cambiado un poco, le costó reconocer su ubicación en el mapa, apenas lograba vislumbrar siluetas borrosas. El esplendor fue tal que sus ojos se cegaron por un instante en el momento en el que una inmensa serpiente que lograba casi ensordecerla con el ruido tan aterrador que producía la envolvió en su cuerpo largo y pegajoso, por más que Ágata intentó soltarse no lo logró, en este preciso instante apareció en la distancia la figura de un caballo blanco y un caballero, que con su espada cortó la serpiente siendo víctima de una picadura en uno de sus brazos, parecía una especie de hechizo porque el caballero quedó completamente desprotegido, su armadura se convirtió en aire, su espada se dobló ante el más mínimo roce, la serpiente aumentaba cada vez más de tamaño hasta convertirse en un monstruo gigante, mientras el caballero trataba de herirlo y desenrollarlo, a este monstruo le salían garras con un filo espeluznante, todo parecía indicar que morirían juntos, pero el joven caballero agarró con sus manos una soga y ahorcó aquel monstruo que perdió la fuerza dejando el hada libre.


Cuando todo estaba en calma, una gran sombra simuló por un momento la noche mientras un hombre con una gran bata negra y un par de cachos buscaba todas las hadas y magos, al parecer quería matarlos, se trataba del antiguo mago del bosque, ahora aliado con las fuerzas del mal. Al instante se convirtió en un demonio, aumentó de tamaño, varias garras emergieron de sus manos y salía fuego por su boca. Una luz de todos los colores que se confundía con el blanco, fue formando poco a poco una figura cada vez más clara y definida, un hombre alto y de ojos claros apareció de un momento a otro en aquel lugar, el hada le reconoció enseguida, era el actual mago del bosque.


Mientras tanto salía fuego y rocas por los ojos y la boca del demonio. Los ojos del mago se hicieron totalmente grises disparando un gran destello de polvo, por las manos del mago salía una potente corriente de agua y por su boca un aliento helado que apagaba el fuego, este ser oscuro sacó la espada de la muerte, era completamente negra y daba visos rojos como simulando la sangre y la guerra, poseía todas las fuerzas negativas del bosque, mientras el mago utilizó su sable de luz azul, con circuitos de toda la energía del amor y de los sueños, controladores para la longitud y la potencia del rayo, protectores de energía capaz de alejarlo de todo peligro, un cristal blanco que era el corazón del sable azul, con él, el mago logró hacer rebotar todo disparo de rocas de fuego así como la fuerza del sable negro. El demonio se enfureció y aumentó su tamaño, de la espada de la muerte salió otra exactamente igual mientras no paraba de atacar al mago, él por su parte sacó un sable de luz roja y lo unió con la luz azul formando el sable púrpura, el arma más poderosa del mundo, el balance perfecto entre poder y sabiduría, caos y calma, capaz de derrotar cualquier fuerza, con un solo choque del sable púrpura con el demonio, este se convirtió en cenizas que se esfumaron al instante. El mago del bosque desapareció inmediatamente sin dar espacio a Ágata para preguntar por su ubicación, dicen en el bosque que es dueño de todo el conocimiento del universo.
Ágata besó al caballero y cogió su mano mientras él montaba su caballo y se alejaba lentamente.

El hada se sentó en una roca alta en la montaña mientras visualizaba el bosque desde allí, pasaron unos pocos minutos cuando un viento helado y fuerte llegó casi a quemar su piel mientras enredaba su cabello, de repente tuvo en frente al halcón más grande y con el vuelo más veloz y espectacular que había visto, sus alas blancas dibujaban figuras increíbles, quedó tan fascinada que no pudo ocultar su asombro, le pidió volar a su lado y con el tiempo se convirtió en su alumna de vuelo, entendió que se requeriría de toda su energía y esfuerzo alcanzar su nivel y velocidad mientras ella tenía aún varias montañas por escalar, sin embargo y aunque no pudo seguir su ritmo, se apoyó en su costado mientras viajaban juntos hasta el río que rodeaba una nueva montaña.

La mañana siguiente el hada peinaba sus cabellos junto al río cuando en sus ojos se dibujó una luz proveniente de las profundidades del agua, acompañada de una sensación de bienestar, felicidad y gozo.

A partir de ese día Ágata se quedaba horas sentada frente al río esperando ver a su unicornio, deseó poder atraparlo y retenerlo a su lado para siempre, tocar su piel, peinar su crin y compartir con él sus alas, pensó en tejer una red con su cabello, pero nunca lo hizo, deseó desde lo más profundo de su corazón llenarle de triunfos, felicidad y amor, aunque a cambio sus ojos se teñían de tristeza cada que recordaba que el gran unicornio de tez blanca y ojos azules como el cielo, se sumergiría en el océano para siempre.


El reino de las hadas aún estaba lejos, quizá sería parte del tesoro o el lugar donde se escondía. Con el corazón destrozado Ágata continuó su ascenso, de su boca salió una melodía tan triste que llenó el bosque de melancolía. Este era un camino encerrado por enredaderas de hojas secas, no tenía árboles verdes, sólo rocas y pantanos, el hada tenía su piel lastimada y su ropa sucia y rasgada por las caídas y los golpes de las ramas que le aporreaban cada que el viento soplaba fuerte. Se sumergió en una laguna sucia y por un momento deseó no volar más, el miedo se apoderó de ella, estaba sola a mitad de un camino desierto y desconocido, con el corazón roto. Pensó en tomar un atajo que la llevara de vuelta a la manada, en ese instante sintió no poder luchar más, pero de pronto una oleada de calor llamó su atención, escuchó gritos de dolor y recordó su misión, deseó ayudar a quien fuese esa criatura. A medida que se acercaba notó como alguien se consumía en el fuego, poco a poco se convertía en cenizas, Ágata pensó que no había nada que hacer, pero de repente el viento unió las cenizas creando una silueta de un ave, mientras el hada no salía de su asombro, el ave se hacía más hermosa, como si un pincel invisible pintara de el oro el gris de las cenizas. En el fondo de su corazón se sintió como el ave que tenía en frente, no pudo evitar explotar, gritar, llorar y derramar lágrimas hasta quedar totalmente cubierta en ellas. Cada lágrima reconstruía poco a poco cada una de las heridas, devolvía tranquilidad y paz a su mirada, hasta que la luz del hada fue tal que ella misma se sorprendió de verse tan hermosa, con su cabello y su piel más brillante, sus ojos grandes y alegres, sus labios rojos y su vestido tan blanco como cuando ella misma lo tejió con el mejor algodón. Lo había escuchado pero nunca realmente entendido: “aún del dolor más grande se puede emerger más fuerte”.

Ágata logró salir de aquel oscuro y tenebroso lugar y notó que aún era de día, el sol brillaba y una leve lluvia le acompañaba para formar el arco-iris que señalaba la cima de la montaña más alta, habían mariposas allí de nuevo por lo que voló con ellas, practicó las lecciones aprendidas con el halcón, casi duplicaba la velocidad y ya lograba hacer algunas piruetas, sus alas ahora estaban casi en perfecto estado.

Mientras el sol descansaba y la luna llegaba en su reemplazo, disfrutó del viento que acariciaba su cuerpo, el paisaje de montañas, ríos, llanuras y jardines que tenía en frente y apenas notó que había llegado a la próxima cima.

Cuando Ágata abrió sus ojos era un nuevo amanecer, las raíces de un árbol cubiertas por miles de pétalos rojos servían de colchón al hada, quien se despertaba de un profundo sueño, no recordaba haber llegado allí. Había girasoles, margaritas blancas, rosas amarillas, blancas y rojas, eran muchísimas y estaban por todos los rincones, había también árboles llenos de frutas, cerezas, manzanas, naranjas, mangos y fresas eran solo algunas de ellas. El sonido de las cascadas era tranquilizante, el viento soplaba y formaba toda clase de figuras con los pétalos de rosa, Ágata bailó y jugó con los pétalos, corrió tras un camino que formaban que la llevó frente a un árbol que brillaba como si una estrella hubiera quedado atrapada en sus hojas. Podría ser una de las recompensas de las que le habló el dragón (el guardián del tesoro). Pasaron horas antes de que pudiera alcanzar una varita plateada con una estrella brillante que soltó chispas cuando Ágata la agitó.

El tiempo pasó y Ágata aprendió a utilizar su varita, arregló sus alas completamente, las hizo más livianas y fuertes, creaba arco-iris, alejaba las nubes cada que extrañaba el cielo azul, calmaba los ríos cada que deseaba nadar un poco, disponía de puentes en cada abismo que debía cruzar, cultivaba flores cuando no encontraba jardines, creaba vestidos de todos los estilos y colores, encendía fuego para darse calor en las noches, construía casas en los árboles, jugaba a ser un pájaro, hacía que el agua cristalina brotara de la tierra cada que tenía sed y que de los árboles nacieran frutos cada que tenía hambre. Todo esto lo consiguió luego de constante práctica, días y noches enteras dedicadas a explorar los poderes de su varita, el bosque se llenó de destellos de luz y pronto todos allí fueron partícipes de su magia.

El hada aprendió a manejar su varita a la perfección, conocía todos sus trucos y no la apartaba de sus manos ni un instante, se convirtió en parte de si misma, allí concentraba toda su magia. Esperaba que su varita mágica le ayudara a encontrar el tesoro.

El camino era extenso. Luego de varios años sin tener noticias de él, aquel dragón que la visitó una noche en sueños apareció de nuevo, tuvo su figura descomunal frente a ella, no fue más que una voz de aliento, la invitó a seguir volando y a estar convencida de la veracidad del tesoro, luego de disculparse por no poder llevarla en su costado y de advertirle del esfuerzo y el trabajo que le esperaba. -¿Dónde te podré encontrar?- preguntó el hada -no te preocupes, a su debido tiempo nos toparemos en el camino- fue su respuesta. Ágata se elevó ahora mucho más alto gracias al poder que su varita le concedía y de repente se encontró frente a un gran abismo que conducía al océano, un mundo totalmente ajeno y desconocido. ¿Habría hadas allí adentro? Era muy poco probable, tal vez podría convertirse en una sirena mientras traspasaba el mar, el único requisito era que al ser una de ellas no podría ser un hada hasta traspasar el océano porque sino probablemente se ahogaría en la profundidad, sus alas no lo soportarían.

Un pececito mágico de colores llamativos se ofreció a nadar con Ágata. Mientras agitaba su varita, su cuerpo abandonaba las brillantes alas y sus pies poco a poco se convertían en aletas. Nadaron juntos por algunos meses, la nueva sirena cantaba y atraía cada embarcación que pasaba, mientras los tripulantes sin explicación aparente enloquecían al escucharla. Ágata no soportó ser una sirena por mucho tiempo, deseaba ser ella misma, el hada que regalaba amor, sonrisas, esperanza. Su unicornio no la reconocería, haría daño a cualquier caballero o príncipe, ya lo había causado a muchos hombres, y decidió que no volvería a ser así.


Ágata agitó su varita y deseó ser un hada de nuevo, sus pulmones se llenaron de agua, sus alas eran demasiado livianas para conducirla a la superficie, se sintió débil, impotente y presa en medio del océano, el pececito era demasiado pequeño y apenas lograba moverla un poco. Ágata miró hacia la superficie y sujetó fuertemente un delfín que se disponía a salir del agua, al agarrar su aleta con ambas manos, su varita se resbaló y calló en las profundidades del mar.

El delfín nadó de nuevo hacia el fondo del mar, y ella ahora estaba a salvo sujetada de un artificio humano, un pedazo de madera gruesa que parecía ser parte de una embarcación vieja. Pero ¿Qué sería ahora del hada sin su varita mágica? ¿Qué haría en medio del océano y sin magia? Ágata dio todo por perdido, lloró de dolor y desesperación, temió nunca encontrar el tesoro y quedarse en un mundo tan extraño, no aguantaría mucho tiempo.

Notó que no estaba sola, una serpiente, un lobo y un tigre marino la acompañaban. El miedo se apoderó de ella, ¿Serían peligrosos? Estos animales se veían realmente aterradores, la serpiente tenía escamas sobre escamas, medía como cinco metros y se desplazaba alrededor de su cuerpo, el lobo era de un gris azulado, tenía grandes colmillos y su mirada era intimidante, pero el tigre marino era el más impresionante de todos, sus ojos penetrantes, su color negro con pintas naranja que parecían haber sido cuidadosamente pintadas por las manos de Dios hacían sobresalir a esta criatura sobre las demás, inspiraba poder, era un líder sin duda alguna.

Ágata pensó en huir, pero hubiera sido inútil, no tenía su varita y además se sentía demasiado débil. Los animales ahora la rodeaban pero no parecían querer lastimarla, no la identificaban como comida, ni como una amenaza, solo estaban curiosos, querían saber quién era, sin duda era extraño que un hada estuviera en medio del océano.

Pocas horas después los animales hablaban entre ellos y Ágata se sorprendió al notar que era su idioma, al fin y al cabo pertenecían también a las fantasías de los hombres. Luego de pensarlo por unos minutos al fin se decidió a hablarles, les relató su historia, les contó que era un hada que venía del bosque, que el océano estaba en medio de él, que había sido una sirena y perdido su varita al volver a ser un hada, todos escucharon atentos y ofrecieron su ayuda y su compañía para cruzar el océano.

El hada debería nadar por la superficie, así que se apoyó en el tigre y nadaron juntos, a él fue al único que le contó acerca del tesoro, de sus sueños y de su tristeza por haber perdido su varita, le pidió ayuda para recuperarla y así ser una verdadera hada de nuevo. El tigre solo respondió con una sonrisa y no comprendió muy bien cómo un objeto podría llegar a robarle protagonismo, al fin y al cabo antes de contar con la varita Ágata no dudaba de su magia ¿Porqué lo dudaba ahora? -Ser un hada es tu naturaleza-, decía el tigre, -desea hacer magia y cree en ti, seguro lo conseguirás-. Pero tras repetidos intentos parecía ser inútil, Ágata aún dudaba de poder hacerlo, hasta que recordó la llegada al bosque, el tesoro que buscaba, su viaje, su esencia y entendió que no necesitaría más una varita si confiaba en ella misma, de repente destellos salían por todo su cuerpo, sus alas emprendieron el vuelo, pintó el atardecer, creó estrellas fugaces, invadió el océano con su alegría.

Esta fantástica criatura había logrado devolverle la fe, le había ayudado a reconocer su verdadera belleza. Mientras tanto, el negro de su piel desaparecía poco a poco, su cuerpo crecía, sus ojos se hacían más grandes, una lengua enorme salía de su boca, el naranja se transformaba en un fucsia con destellos dorados. El tigre se había convertido en un llamativo, fuerte y sabio dragón. Ya no estaba destinado a permanecer en el mar, aunque podía hacerlo si quería.
En la noche el dragón descubrió que brillaba en la oscuridad, pero también se hacía invisible si deseaba, podría ser tan pequeño como un insecto y tan grande como para cubrir la tierra, realmente se sorprendió de poder hacerlo, Ágata había roto el hechizo, “Alguien más puede ayudarte a descubrir tu propia belleza al encontrar la suya, si logras transformar su vida, la tuya también cambiará, encontrarás tu esencia” estas fueron las palabras del espíritu del mar al esconder aquel dragón en el cuerpo de un tigre, fue él mismo cuando su corazón lo reflejó realmente.

Ambos poseían magia, podían volar y tenían la oportunidad de realizar cualquier deseo, de vivir donde quisieran, como quisieran, eran libres. Volaron sobre el océano y dijeron adiós a este misterioso lugar que había cumplido una labor en la vida de ambos, había sido su lugar de encuentro. El hada terminaría de cruzar el océano y continuaría su búsqueda, mientras el dragón se convirtió desde ese día en su protector, no dejaría que nadie hiriera a Ágata.

Luego de pasar horas volando a ras del mar, el hada y el dragón llegaron a una pequeña isla en el interior del océano, los corales de distintas formas y colores parecían una acuarela vista desde el cielo, la arena blanca se confundía entre diminutas esmeraldas, las palmeras bailaban al son del viento, mientras al interior miles de árboles agitaban sus hojas y algunos entrelazaban sus raíces, parecían guardar secretos y murmurar entre ellos.

Ágata y el dragón se sumergían poco a poco en el interior de este lugar. Había lagunas de agua dulce, enredaderas en las orillas, grandes cuevas, y ruidos extraños que salían de ellas, sin duda este lugar estaba habitado, ¿Qué criaturas habrían allí? No tardaron mucho en descubrirlo: echaban fuego por la boca, poseían escamas, garras y alas, se trataba de dragones, era la tierra de los dragones, su actual compañero de viaje pertenecía a este lugar, mientras Ágata aún tenía mucho por recorrer, el lugar era realmente especial, una isla contigua brillaba como si se tratara de oro y de piedras preciosas emergiendo del mar, todos los dragones eran los encargados de vigilar este maravilloso sitio. El hada recordó el guardián del tesoro, podría estar allí, probablemente no lo reconocería si lo tuviera en frente, pero a pesar de todo, deseaba más que nada en el mundo encontrarlo, sólo había hablado una vez con él y fue más que suficiente para darse cuenta que la conocía más que nadie, incluso su sola mirada o sus palabras inspiraban sabiduría, respeto, la paz y la tranquilidad que sólo posee aquel que ha alcanzado lo que buscaba y ahora dedica sus esfuerzos a guiar a quienes están en el camino. Este era el lugar de destino de los dragones, no el de las hadas, no era el tesoro que buscaba.


Ágata se recostó en el lecho del dragón marino y no supo ni siquiera cuanto tiempo pasó, simplemente se despertó en una especie de refugio, era una cueva húmeda pero no hacía frío allí adentro, estaba cubierta por muchísimas hojas verdes que jugaban con el viento que se colaba por la entrada. Al instante el hada se encontró a solas con un dragón diferente a quien había cuidado de ella todo este tiempo, tenía un tamaño descomunal, era de color marrón con matices rojos y naranja, tenía escamas por todo el cuerpo, grandes dientes y garras, además de que a diferencia de los dragones que conocía, este no parecía muy interesado en echar fuego por lo boca, en hacer grandes ruidos, ni en crear nubes con su aliento, menos aún en mostrar sus grandes habilidades, yacía en la orilla de una laguna observando el agua y el reflejo de una pequeña hada. Luego de varios minutos de silencio Ágata preguntó quién era él, porqué había resultado allí sin darse cuenta y el tiempo que llevaba observándola en la laguna. -Toda tu vida te he observado-fue la respuesta que consiguió, -soy tu guardián, tu destino se encuentra en cada gota de agua que posee este lugar, tú manejas el rumbo por más que la corriente se comporte a mi antojo- -¿Y el tesoro? ¿Y el reino de las nadas? - preguntó Ágata. -¿De que se trata? ¿Cuándo lo encontraré?- -Tú decides, no es más que tu deseo más profundo, puedo ofrecerte alternativas de las rutas que puedes tomar, una por mar, una por tierra y otra por aire, todas largas y con obstáculos, pero también te doy la opción de llegar directo al reino de las hadas, este último es un camino seguro y vivirás allí por siempre. – pero, ¿y el tesoro?-. Preguntó el hada -si escoges no buscarlo, no lo encontrarás-.


No pasaron más de unos minutos cuando Ágata se encontraba lista para partir, tomó un elixir que su guardián le ofreció luego de elegir el cielo como destino, al beberlo sus pequeñas alas plateadas soltaron un destello increíble, mientras su cuerpo y su cabello se cubrían de diminutos diamantes.


A partir de aquel día en el cielo se dibujó una estrella como ninguna, desde todos los reinos se podía admirar, el joven caballero se guiaba por su luz y cabalgaba sin parar, algunas hadas empezaron su camino hacia el firmamento, la nueva estrella se reflejaba en el océano todas las noches, en todos las lagos y ríos. El mismo día que en el bosque no se volvió a saber nada de aquel hermoso unicornio, se dibujó una nueva estrella justo a su lado.

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